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José Colángelo

juan carlos copes

Fue pianista de la orquesta de Leopoldo Federico y de Aníbal Troilo y tocó con Eduardo Rovira y Hugo Díaz. Pero lejos de tener una visión nostálgica, sigue activo con nuevos proyectos. Y lejos de tener una visión ortodoxa del tango, ejerce ciertas críticas sobre la propia cultura del género. "Los tangueros necesitaron empezar a escuchar más música para darse cuenta de que el mundo no termina en el tango", asegura.

esta altura del siglo XXI quedan pocos pero están: algunos siguen tocando, otros se retiraron; algunos son más escépticos, otros más optimistas; algunos más nostálgicos, otros más permeables al presente. Lo cierto es que se deben contar con los dedos de la mano los músicos que triangularon entre la época de oro del tango, los años de resistencia y el reverdecer de los últimos tiempos. A sus 70 años, el pianista José Colángelo es uno de ellos. Pero a ese dato se le agrega otro más jugoso: conoció desde adentro los secretos y los yeites del tango con los grandes maestros. Fue el pianista de la orquesta de Leopoldo Federico que acompañaba a Julio Sosa cuando su éxito rotundo parecía ir a contramano de todo; integró el cuarteto y la orquesta de Aníbal Troilo que seguía tomando aire entre la cotidianeidad y la leyenda; compartió proyectos con músicos como Roberto Grela, Eduardo Rovira, Hugo Díaz y siguen las firmas. Desde su departamento en el corazón del barrio de Flores, un piso alto que mira a toda la ciudad y que parece un remanso ubicado a sólo unos metros de la cargada Avenida Rivadavia, Colángelo recuerda, piensa, habla. No tiene un discurso clavado en el tango: "En casa ni siquiera toco tango: toco clásico. Y me gusta escuchar a Oscar Peterson, Count Basie y bossa nova", dice. Y por momentos hasta parece ir contra la corriente que se empeña en culpar a los otros por los males que sufrió el tango. "En un momento determinado cualquiera era cantor, músicos y bailarín. Se mandaba cualquier porquería al exterior. Esa es la pura verdad. Hay lugares a los que podés engañar una vez, pero no los vas a engañar dos veces". Y subraya: "Los tangueros necesitaron empezar a escuchar más música para darse cuenta de que el mundo no termina en el tango". El presente de Colángelo se debate entre su conjunto, las actuaciones por el mundo con el combo Café de los Maestros y su rol en el Consejo Directivo de la Asociación Argentina de Intérpretes. "Tengo 53 años de profesión y 50 de esos años los hice de noche. Recién ahora me puedo permitir el lujo de decir: no quiero más noches. Ahora quiero trabajar por mes 5, 6 ó 7 días y con eso es suficiente", comenta. Su pasado es el recuerdo junto a los próceres del tango. Con voz grave y mesurada que remite a los locutores, a Colángelo le gusta contar anécdotas. "Una vez le pregunté a Troilo: 'Tengo este solo ¿cómo lo hago?'. Me respondió: 'pibe, usted tiene, ponga'. Ahí me di cuenta porque los pianistas de Troilo se habían sentido cómodos, porque no dejaron de ser ellos, pese a que tocaban en una orquesta como la de Troilo y sabían cuál era su estilo".

¿Qué recuerdos tiene de la época de gloria del tango?

Cuando empecé, había muchos clubes barriales en los que se bailaba acompañado por una orquesta en vivo. En aquella época todavía existían las milongas: yo tocaba en el Monumental de Flores, en el Dado Rojo de Constitución, el Palacio Güemes. Y se armaban unas tremolinas terribles: en esas milongas había más mujeres que dientes (se ríe). Para que no se escucharan los golpes, el director decía: "'Don Juan', fuerte y a la parrilla". Eran lugares difíciles. Yo hice toda esa rutina, empezando por las milongas. Ese aire se respiraba en Buenos Aires, y yo lo respiré. Pero mi carrera más profesional comenzó a fines de los 50. Y en 1962 se produjo un hecho fundamental en mi vida: empecé a tocar en la orquesta Leopoldo Federico, acompañando a Julio Sosa. Tenía apenas 21 años y no podía creerlo: estaba al lado de dos próceres. Vivía más con la orquesta que con mi familia. Salíamos un jueves y volvíamos un lunes. Si estábamos en Capital, hacíamos cinco shows los sábados y cinco los domingos. Y si estábamos en el interior, hacíamos teatro y cabaret, pero además salíamos en televisión y radio, y grabábamos discos. Era impresionante: Julio Sosa con la orquesta de Leopoldo era el único número que le competía en popularidad al Club del Clan.

La orquesta de Federico hizo lucir más a Julio Sosa. ¿Cómo funcionaba esa química entre director y cantor?

A veces se da esa conjunción y a veces no se da. Ellos tenían una ligazón única. Se entendían bien, eran de la misma edad. No todos los arreglos eran de Leopoldo, pero todos sabíamos lo que quería Federico y principalmente lo que buscaba Sosa. Insisto: esa conjunción no se da siempre, pero entre ellos se dio. Es una de las claves para que sea un éxito. Y se daba en todos los niveles: el repertorio, el intérprete y el arreglo. Era como un vestido perfecto que no necesitaba retoques.

Trabajó con los directores más disímiles, de Rovira a Troilo. ¿Dentro de qué línea estilística se sintió identificado?

Tal vez tuve la facilidad de lograr una enorme ductilidad. Eso me permitió por ejemplo grabar más de 100 discos en un año, haciendo distintos ritmos y estilos. Me sentí cómodo con todo el mundo, pero con algunos tuve más afinidad. Por ejemplo, con Federico. él toca como si fuera la última vez y me contagia las ganas. Seguimos siendo hermanos y a veces tocamos juntos. Con respecto a Rovira, se dio algo muy interesante: yo toque en Los Solistas del Tango, que dirigía Reynaldo Nichele, y que había convocado a Rovira para hacer los arreglos y para tocar el bandoneón. Me acuerdo que un día lluvioso en Mar del Plata nos quedamos en el hotel, se sentó al piano y le dije en broma: "tocá el Arroz con Leche". Tocó eso y mil cosas más. Improvisó, pasó por todas las tonalidades y me volvió loco. Ahí me di cuenta el talento que encerraba ese hombre petiso y tímido. Fue una de las grandes cosas que me pasaron en la vida. Otro hecho significativo fue tocar con Hugo Díaz. Hicimos unas grabaciones con una sinceridad única. Esto me hace acordar a Pichuco: él decía que la primera toma era la sincera. La orquesta de Troilo siempre sonaba bien.

Los músicos de Troilo de la década del 60 coinciden en que no fue su mejor época, como si la orquesta ya no funcionara a todo vapor. ¿Comparte esa visión?

Tal vez ese Pichuco no era el floreciente, con todas las ganas, pero nunca dejó de ser Troilo. Trabajábamos mucho más con el cuarteto que con la orquesta. Entre tantas cosas, hay algo que quiero rescatar de él: su generosidad. Era feliz cuando aplaudían a sus músicos y a sus cantores. Tenía una axioma: cuando sus cantores ya gustaban demasiado, les decía: "usted ya se tiene que ir y no vuelve". Ese consejo los convertía en solistas. Excepto El Polaco Goyeneche, que siempre volvía a la orquesta. Quería cantar con Troilo.

Usted también alternó etapas difíciles del tango. ¿De qué se vivía en esa época?

Doy un ejemplo. Cuando murió Julio Sosa, en 1964, mi mujer estaba embarazada, y yo estaba comprando desde el departamento hasta la licuadora en cuotas. Era la época de las cuotas. Fue un bajón terrible. Quisimos seguir con la orquesta de Leopoldo, pero ya no era lo mismo. Sosa era el que atraía. Leopoldo armó un cuarteto con Roberto Grela, que era una maravilla. Algunos músicos empezaron a dedicarse a otras profesiones. Justo me llamaron de una inmobiliaria y me propusieron vender terrenos. Pero dije que no y ahí vino otra faceta de mi vida que tampoco me deshonra: empecé a tocar en bares americanos. Debía tocar todos los ritmos en el pianito solo. El bar americano era un mini cabaret en el que había muchachitas alternadores que debían conseguir que los clientes consumieran champagne. Los hombres venían, te silbaban las melodías y tenías que tocar. Yo también hacía que los hombres tomaran, como las chicas. Me decían La Pepa (se ríe).

En los últimos años, finalmente hubo un tardío reconocimiento para los veteranos tangueros, ¿no?

Por suerte se empezaron a hacer homenajes en vida. Aunque con Piazzolla llegaron tarde. Hoy es menos polemizado que cuando vivía. Parece mentira. Aunque también son otros quienes llevan sus dividendos. Astor fue un gran atrevido con mucho talento a quien nunca entendimos porque nos llevaba diez años de ventaja. Pero volviendo a la pregunta, hubo hitos importantes para el reconocimiento del tango: uno de ellos fue "Tango Argentino". Llegó a lugares donde el tango, con razón, estaba desprestigiado. Y esto era así porque en un momento determinado cualquiera era cantor, músicos y bailarín. Se mandaba cualquier porquería al exterior. Esa es la pura verdad. Hay lugares a los que podés engañar una vez, pero no los vas a engañar dos veces. Con "Tango Argentino" nos dimos cuenta que teníamos que hacer las cosas bien para caminar por el mundo. Yo tengo la suerte de haber ido diez veces a Japón y de haber editado siete discos allá. Y ahora sí hay un gran reconocimiento.

¿El tango tuvo su cuota de responsabilidad en la crisis del género allá por los años 60?

Sí, absolutamente. El gran crítico Emilio Estevanovich lo resumió así: "los tangueros son geniales pero son islas". Tenía razón. Porque cada uno cuidaba su propia quinta. En un momento intenté crear un grupo como el Quinteto Real, juntando cinco directores, y no logré hacerlo. Llegué a tres porque cada uno quería cuidar su propio espacio. En el folclore es otra cosa: Mercedes Sosa llevaba invitados a sus conciertos y los hacía cantar un tema a cada uno. También pensé en hacer un Luna Park con las tres mejores orquestas, los seis mejores cantores, las ocho mejores parejas de baile, pero hubo demasiados pruritos. La música no tiene géneros: es buena o mala. Y el tanguero al abrir ese panorama fue incorporando cosas más importantes. Y se olvidó de las broncas hacia afuera, contra el rock. Yo compartí escenario con rockeros y fuimos todos felices: Iván Noble, Celeste Carballo, Juan Carlos Baglietto.

¿Cambió la situación? ¿Hay menos resentimiento?

Ahora felizmente se abrió la cosa. Irrumpió una nueva época, una nueva generación. Es decir, es compleja la situación. Por un lado, hemos perdido a los grandes ídolos: la ausencia de Troilo, Piazzolla, Goyeneche, Rivero, Juárez. Faltan esos abanderados y es difícil que nos promocionen, porque a las grabadoras no les interesa. Todavía hay pasadores de discos que se siguen acordando de Troilo - Fiorentino y de Castillo - Tanturi, pero se olvidan de que hay gente viva haciendo tango. En la televisión no existimos. No puedo entender cómo este género, que es mundialmente conocido, es tan difícil de escuchar acá. Pero por otro lado, hay músicos muy interesantes. Me quedo tranquilo, sé que va a haber una generación que nos va a seguir acompañando. Pese a los tangueros, el tango no va a morir nunca.

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